16 ago. 2012

Ted, de Seth MacFarlane

Claudi Etcheverry.





En su infancia, un acto mágico confiere vida al osito de peluche de un niño. Que se transforme en un ser vivo es lo de menos, porque el muñeco muta en una sombra de su dueño con una fidelidad que va bastante más allá de la infancia de su dueño. Es su compañero de adulto y se incorpora a su vida con todas las cargas y vicios de la sociedad en que vive. Si algo hay realmente anormal es mantener las fantasías infantiles más allá de lo que corresponde porque el Ratón Pérez, la cigüeña o Papá Noël quedan en algún recodo del camino entre los seis y los diez años. La única fantasía incomprobable que atraviesa esa barrera es la religión, y se insiste en los dioses aunque nadie los haya visto nunca. O será que dios está en todas partes y por eso no se lo ve en ninguna.

Esta película propone lo contrario a lo habitual: ¿Qué pasaría si las fantasías infantiles se hicieran realidad, y además, fueran una presencia permanente? Pues que llamaríamos a una desratizadora para fumigar al Ratón Pérez considerado plaga en campañas promovidas por las asociaciones odontológicas; habría espantadores electrónicos para ahuyentar a las cigüeñas y así controlar la natalidad; o enviaríamos a Papá Noël a un buen psicoanalista para que trabaje en terapia su obsesión obsequiosa para ser aceptado a pesar de su obesidad mórbida mientras los ecologistas tratarían de frenarlo con piquetes para que deje de contaminar el planeta con toneladas de plásticos en juguetes para niños y miles de pilas que acaben envenenando acuíferos y mares. Ted da carta de naturaleza a esa anormalidad y el osito de mentas se mete en la vida del protagonista, en su sofá, en su cama y en sus relaciones adultas.



Ha habido varias películas con distinto mérito que han presentado cosas semejantes o han puesto en pantalla otros muñecos de peluche. Gremlins, de 1984, dirigida por Joe Dante, contaba con un puñado de peluches de bazar chino y era capaz de mantener nuestra atención con ingenio durante casi dos horas a muy buen ritmo. El Rey Midas del cine, ese Spielberg capaz de transformar en oro todo lo que toca, ya lo consiguió con la memorable ET en la que el muñecote aquél te ablandaba el corazón con un guión simple y consistente que era un canto a la tolerancia y contra cualquier racismo. Stuart Little forzaba bastante más la máquina y no lo conseguía del todo, pero uno se acomodaba en la butaca aunque la lógica del ratoncito en una familia humana chirriara un poco, que al final salía más o menos airosa especialmente apoyada en dos buenos actores como Hugh Laurie y Geena Davis. Ésta no: Ted es un bodrio de cabo a rabo, con esa fórmula tan nefasta del juego de espejos y de reflejos de los reflejos. La cinta hace humor del humor en constantes indicaciones zafias con gags y chistes que hacen mención al ingenio sin serlo creyendo que vamos a reírnos de lo que el director pone sin talento ninguno para que el público se ría. Ted es como un espectáculo en el que indican con carteles de “Applause” o “Laugh” a un público abúlico que haga lo que le mandan como si no hubiera sabido en qué perder la tarde. Ya estamos mayorcitos para que los productores sigan perdiendo el tiempo creyendo que decir “pedo” o “caquita” nos va a arrancar una sonrisa. Durante toda la cinta tuve el músculo llamado risorio de Santorini (responsable de la sonrisa, precisamente) aterido como en una parálisis facial. Lo único bueno es la música de Walter Murphy, que afortunadamente, ofrece el remanso para que los actores callen siquiera por momentos. Pero para ir al cine a oír música prefiero poner la radio y quedarme en casa leyendo.

Norah Jones se mete en esta cinta invitada a algo más que un cameo. Cuando la oí por primera vez era una debutante en la música de jazz tratando de hacerse un hueco junto a figuras de ese momento como Diana Krall. Compré su primer disco y me pareció claramente una intrusa de estilo: después de oírlo pensé que no conseguiría hacer lo que parecía que se proponía y el tiempo me ha dado la razón. En aquel momento sentí que nunca podría dejar de ser una cantante country y así ha sido aunque después de la lamentable intervención en esta película, la cosa ha ido a muchísimo peor que lo que pude imaginarme. La realidad siempre supera a la peor de todas las ficciones posibles, porque ser un poco natural no da para presentarse en pantalla. Una cosa es la naturalidad, y otra la desfachatez y la Jones podía ahorrarse este esperpento en el que ni siquiera interviene como tirón. Su presencia es tan inefable como si hubiera intervenido Montserrat Caballé disfrazada de oso para calentar una taquilla que por supuesto, ha nacido muerta. Por lo general, es imposible reanimar a los muertos para que resuciten.

Al salir, quise volver al vestíbulo de entrada pero el acomodador me cortó el paso en esta nueva amabilidad de multicine en que te invitan a entrar por el hall gastando en palomitas y nos empujan como basura a un callejón por la puerta de atrás como despojos. No me dejó pasar porque yo quería ver si había una consigna como a la entrada de los supermercados en que uno deja atado el carrito de la compra. Me imaginaba si habría frascos estériles para aparcar los cerebros, porque si mi risorio de Santorini estuvo en parálisis facial durante 106 minutos interminables, Ted consiguió ponerme en parálisis cerebral durante todos y cada uno de sus fotogramas.

Mucho peor que espantosa.

Ted.
EUA, 2012.
Director: Seth MacFarlane.

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© 2012 Claudi Etcheverry, Sant Cugat del Vallès, Catalunya, Espanya-España.


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