18 abr. 2012

Juegos del Hambre / The Hunger Games, de Gary Ross (02) - Claudi Etcheverry

Claudi Etcheverry.



En algún momento del futuro y tras la siempre socorrida devastación nuclear, el Poder Central celebra la paz con un concurso a muerte en el que participan jóvenes de distintas regiones elegidos por sorteo. Para evitar que su hermana menor sea carne de esa masacre multimedia, la joven Katniss Everdeen se ofrece como voluntaria para entrar en la tómbola. Junto a otra docena de jóvenes, ella cae al concurso con un joven de su misma región que secretamente está enamorado de ella, mientras las autoridades exhiben el espectáculo a las masas on-line, on-time. Los dos jóvenes enamorados acaban por conseguir los laureles del certamen, se salvan, y comen perdices.



No me decido a decir si esta película es incomprensible o inexplicable. Se plantea un futuro de urbanitas ávidos de espectáculos de sangre, en una versión estética de los “Supersónicos” pero tapizados por el atrezzista de Tim Burton. Las autoridades presentan el macabro espectáculo como parte del control popular, en una cinta con un guión tan enclenque que es imposible no dar bufidos de hartazgo durante las dos horas largas que se estira. Es un precioso ejemplo de cómo filmar bien la nada, porque las tomas son impecables, las vistas son preciosas, y los paisajes están bien situados, por no detallar los colosales simulacros 3D de auditorios futuros. Pero todo cae en una mímica de romanos –con caballos, aurigas, cuadrigas incluidos– partiendo de un refrito que no tiene nombre. Hay gestos de la película “Rollerball”, con James Caan, de 1975, con aquellos atletas como metáforas de la sumisión del mundo a la violencia; hay notas del cuento “The veldt”, de Ray Bradbury, en que la realidad vive en las pantallas hasta que las pantallas ocupan el lugar de la realidad; hay elementos de “Matrix”, con la intercesión de lo virtual en lo real y unas creaciones telemáticas que se escaparon a la clasificación de las razas peligrosas; y hay también, por supuesto, grandes dosis de “Gran Hermano”, todo en un envoltorio a la manera de “Destino final” pero en plan fino y sin tubos que perforen órbitas oculares ni piedras que hagan estallar cráneos. Una fina línea divide la fantasía, la creatividad, el capricho y la estupidez. Es una pena que tenga que ser el espectador quien decida en qué campo quirúrgico hay que hacer la autopsia de este cambalache que acaba siendo absolutamente nada: no entretiene, no enternece, no reflexiona, no propone, no vuela, no provoca, y no regala metáforas ni moralejas. Ni hablar de que deje pensando a nadie. Es un guión asesino porque el libro dicen que tiene contenido.


El director Gary Ross despunta aquí por un maniqueísmo extremo y polariza barnizando con almíbar lo que en realidad le avisaron que podía pintar para orgía forense. Pareciera que su pifia fue creer que al decidirse por no salpicar con vísceras la película iba a quedar resuelta sin más. Craso error. “2001, una odisea espacial” no tiene grandes parlamentos metafísicos y su trascendencia filosófica es indeleble hasta hoy. En “Los juegos del hambre” se podía suprimir el chapoteo caníbal e igual podía hacerse una película coherente. Es como pensar que Heidi pasara a su corderito por la Thermomix y que las escenas sonaran a Teletubbys. Imposible: o Heidi, o Hannibal Lecter, o la magia de la mezcla de ambos mundos como en “Sweeney Todd”, pero con el concurso necesario del talento, que aquí no. Ya sabemos que con los mismos ingredientes podemos preparar un plato excelente o uno de sobras para el perro.

Los recursos visuales para crear clima son básicamente dos durante casi toda la película: cámara móvil, y escena fragmentada. Ambas me trajeron reflejo vagal y estuve a punto de cerrar los ojos para no descomponerme o sufrir una lipotimia o algo peor pensando en los efectos epileptoides de aquella serie japonesa infantil de hace unos años. Pero al margen de este abuso, hay otros que tienen únicamente la cualidad de lo sorprendente, como si alguien, cuarenta años después, pudiese rescatar de la serie “V” algo que haya sobrevivido a la impresión de ver a la capitana lagarta merendándose un sapo o un ratón vivos. De aquella serie no queda nada más que el recuerdo de aquellas degustaciones, y aquí es más o menos lo mismo porque el mérito de la escena de la mímesis entre el actor y una roca es una tarea extraordinaria de los maquilladores, pero esos trazos no alcanzan a ser un condimento que abra el apetito y suprima la languidez general.

De escenas inverosímiles, la mayoría: desde el presentador del espectáculo de interés nacional hasta la señal a los pájaros para que canten y avisen con sus gorgeos repitiendo la melodía que les silba la heroína. Encima, las malas lenguas han dejado filtrar que la actriz principal ni siquiera sabe silbar, cosa que se nota claramente en el gesto de sus labios en la toma. En un instante pensé que la trama se decidiría por un final del tipo “Los amantes de Verona”, pero Romeo y Julieta no sellan con la muerte el final de esta película, muerta desde el minuto uno en una eutanasia inexorable. En estos “Juegos del hambre” el argumento es un puñado de manotazos cadavéricos que no consiguen erigir ni un tramo en paz y lo que quedó a dieta fueron las ideas, a una dieta de hambre. Una especie de anorexia cinematográfica, digamos, aunque al encenderse las luces y salir no haya nada para vomitar más que fastidio y ganas de alejarse.

Los juegos del hambre / The hunger games. EUA, 2012.
Director: Gary Ross.
Con Jennifer Lawrence, Josh Hutcherson, Stanley Tucci, Wes Bentley, Donald Sutherland, Woody Harrelson.

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