3 ene. 2012

Hugo, de Martin Scorsese, por Miguel Cane (01)

El cineasta neoyorquino celebra medio siglo en el cine como suele hacerlo, arriesgándose, y lo hace con una de las películas más hermosas no sólo de su carrera, sino del cine en este nuevo siglo.

Miguel Cane


El recién nacido 2012 apunta a ser un año clave para Martin Scorsese: cumplirá en el otoño 70 años de edad y, poco antes, 50 en el oficio que ama obsesivamente: el de cineasta. Los celebra con el estreno de Hugo, su primer filme diseñado en 3D —aunque puede ser visto sin ningún problema en pantallas normales, es muy recomendable verlo en su formato original—, basado en el libro La invención de Hugo Cabret, escrito por Brian Selznick y dedicado al rescate en la memoria popular del enormísimo Georges Méliès, padre del cinema narrativo y fantástico, cinta con la que Paramount Pictures también da inicio al año de celebraciones por su centenario.






El filme, que Scorsese realiza por primera vez sin el cobijo de la Warner Bros —que fuera su “casa” por más de 20 años— es una obra de cuidado detalle y preciosa ejecución, en la que consigue el balance delicado entre la fantasía y el melodrama, al más puro estilo cinematográfico de los años treinta —una época que, por otra parte, siempre le ha fascinado. Así es que Scorsese conjura un elenco sólido y vistoso, con un enorme Ben Kingsley a la cabeza (de quien hablaremos un poco más adelante), la criminalmente menospreciada Helen McCrory, Emily Mortimer, Jude Law, Sacha Baron Cohen —manejando con cuidado los matices de su personaje, ostensiblemente un villanazo propenso al slapstick, pero también con su corazoncito—, los veteranos Christopher Lee, Frances de la Tour y Richard Griffiths, y dos jóvenes actores que llevan en sus hombros gran parte de la trama y desarrollo de la cinta: Chloe Grace Moretz y Asa Butterfield como el personaje titular.



El que un cineasta como Scorsese decidiera hacer un filme semejante —una cinta de época, “familiar” y protagonizada por niños, aunque no está necesariamente dedicada al público infantil, como lo revela su trama con temas relacionados con el amor al cinema y la búsqueda de pertenecer, que le hablarán claramente a un adulto—, ha sido un movimiento polémico de su parte, pero el cineasta nunca ha sido ajeno a tomar decisiones extravagantes. A la brutal Calles salvajes (1973), primera cinta que lo puso en el mapa luego de una década de aprender el oficio, siguió Alicia ya no vive aquí, una cinta feminista y sencilla que le valió el Oscar a Ellen Burstyn. Posteriormente dio a una Jodie Foster de apenas 13 años el rol de la prostituta Iris en la hiperviolenta Taxi Driver (1976), cinta a la que además, en complicidad con Paul Schrader, dotó de un insólito final feliz. Insistió aún (y se salió con la suya) al filmar Toro salvaje (1980) en blanco y negro, casi como un documental. Después del éxito de taquilla de Casino (1995), en la que se arriesgó a llevar a Sharon Stone —célebre por su muy limitada capacidad actoral, amén de su cuerpazo—, rechazó proyectos que le garantizaban ganancias millonarias para hacer Kundun (1997), filme intimista y muy personal acerca del Tíbet. Tantas veces nominado al Oscar (premio que acabó ganando por un bodrio infame como Los Infiltrados, acaso como un voto de desesperación por parte de la Academia, que de un plumazo reparó todos sus errores), Scorsese siempre se ha acercado al cine con reverencia y amor. Hugo no es una excepción: detrás de tanto espectáculo, tanto derroche técnico, tantos efectos especiales, lo que Scorsese hace es escribir una carta llena de afecto, de entrega y entrañable admiración, al que probablemente sea el padre del cine moderno, de la narrativa en el medio, de los géneros que nos entusiasman a todos los espectadores: el enormísimo Georges Méliès.
¿Quién es ese hombre? Permítame contarle un poco acerca de él, aunque al ver Hugo, seguramente querrá saber aún más.


Méliès fue, por ponerlo de alguna manera, un hombre-orquesta. Mago, ilusionista, músico, artista, actor, director, diseñador, visionario, loco. Junto con su compañera, Jeanne D'Alcy, creó el primer estudio cinematográfico de Europa y realizó más de 100 películas, entre ellas la icónica Un viaje a la luna (1902), que forma parte intrínseca de la narrativa de Scorsese; el que Hugo Cabret (Butterfield) descubra la relación entre un autómata rescatado por su padre de un museo y el cascarrabias dueño de una juguetería en el pasaje comercial de la estación de trenes de Montparnasse, la cual desde su orfandad es el microcosmos de su vida, es un momento clave, que cambiará todo. A través de sus ojos, Hugo nos va descubriendo un mundo de inocencia y de amor, pero también de desencanto y sinsabores. Scorsese realiza su filme más emotivo en décadas, con un cuidado especial en cada detalle. El 3D le sirve perfectamente para este propósito: las barreras entre lo ilusorio y lo real —finalmente, lo que es el origen del cinema— se borran en la cinta gracias a los efectos especiales y el resultado es sencillamente perfecto.

Sólo un cineasta de esta talla se juega el todo por el todo, se lanza en un albur con todo para crear una obra maestra, que le permite demostrar no sólo que es un genio en su oficio, también que es uno de los grandes paladines del cinema y que siempre, en todas sus formas, apostará por él.


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